La canción del habitante

Por: CARLOS ALFONSO RODRIGUEZ

Yo de repente no cambiaré la historia ni el curso de las estrellas. Si puedo algo será sólo cargando el peso de esta humanidad. Hay caminos que se bifurcan en los designios de la vida, a mis abuelas y a mí madre esa sola palabra las asustaba.  Yo y mis hermanos nos burlábamos de esos banales miedos porque crecimos en otros tiempos sin espantos ni fantasmas.
Veo las eternas jornadas laborales de mi padre en su taller, proveyéndole a sus hijos los recursos necesarios de subsistencia. Veo mil caminos que atravesé hasta llegar a una nueva orilla, pulsando la lira de Apolo cual mensajero de los dioses.
Converso con mi madre de tantas cosas rutinarias o sencillas, como cuando era una pequeña niña o trabajaba en una imprenta para conseguir el sustento cotidiano y conservar la vida.
Este es el mundo en que vivimos, el continente de destapadas arterias. Ahí vienen desplazándose campesinos como mercancías urbanas. Ahí se mueven mis hermanos de sangre hacinados en los barrios. El país desangrado en una guerra demencial y fratricida.
Los pobres de la tierra siguen siendo los afligidos damnificados, la última rueda del coche en la carretera de los olvidados. ¿Mujer, dime si todo esto que ahora manifiesto no es verdad? ¿Aún deseas sobre este lúgubre paisaje en donde el río se seca, y ciegas aves chocan y caen cerrando una oscura tarde, que me ponga de rodillas sin dejar sentada mi inconformidad? ¿Todavía piensas que las guitarras deben dedicarse solo a cuestiones amorosas en donde un novio se va o ella lo abandona?
Hay muchas cosas que deben cambiar en este mundo actual, que no pueden seguir siendo concebidas de la misma manera. Por ejemplo, debemos pensar en cada uno, y también en el país, debemos pensar en nosotros, y además en nuestros hijos,
en esta nueva generación que germina abriendo sus ojos a la vida, recogiendo el inestimable legado de generaciones anteriores. Olvidando los errores del pasado que ahora se diluyen en el tiempo, amando las inconmensurables bondades biertas del presente que ofrece ilimitados caminos de luz, verdad y conocimiento.
El poema que escribimos es el mismo que inventamos hace años, como la canción que cantamos es la que aprendimos desde niños. Pueden cambiar las metáforas, mas el ritmo de su pulso es el mismo. Tarde o temprano someteremos a la bestia que se agazapa blandiendo colmillos, samaqueando rabos, erizando uñas, hasta que nazca el nuevo ser humano que llenará de vida el universo.

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