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  • Los maravillosos años 90

    Escribe: Carlos Alfonso Rodriguez. *

    Eran los años 90 y los payasos de la calle no estaban en la televisión, con el tiempo llegaron a la televisión, pero ellos continuaban en la calle. En realidad, la calle era todo su mundo y el único, para exhibir sin misericordia y sin impudicia sus pobrezas y miserias.
    Eran los años 90 y escribir fue una verdadera bendición de Dios y lo mejor que me había podido ocurrir en medio de la barbarie, de caminar dentro de apagones, túneles negros, largos sótanos durante las horas y los días de violencia bajo el sol y las bombas asesinas y los crímenes escalofriantes, las torturas necrofílicas, los golpes y puñales del silencio, los asesinatos macabros, y las violentas desapariciones de las políticas del enemigo.
    Eran los años 90 y Heber Ocaña mostraba sus primeros cantos y poemas. Escribía bien, con excelente caligrafía, con sus puntos y sus comas; porque estaba soltero y estudiaba en Lima. Después abandonó los estudios, Lima y la literatura, para dedicarse a empresas francamente un poco difíciles en Huarmey (mas no imposibles) como la crianza de codornices, la venta de pichones de gaviotas, pelícanos, el comercio de alacranes y de tantas otras cosas más. ¿Qué no hará Heber Elí por su pequeño Gandhy Israel y Regina?
    Eran los años 90 y Julio Aponte se paseaba por todo el país, despreocupado y a sus anchas con ese parecido impresionante a cualquier soldado extraído de las huestes de Pancho Villa, o a un disciplinado miliciano de Emiliano Zapata. Julio es ese morocho bigotudo que lee bien sus poemas, nacido en el inhóspito Morropón, un pueblo pequeño y olvidado, perdido entre la luna de Paita y el caluroso sol de Piura. Tierra caliente de campesinos recios, de hombres fuertes y bronceados, bañados por las lluvias, rodeados de piajenos, mulas, algarrobos y de coposos árboles de tamarindo en donde han nacido los mejores escritores del Perú, y también los peores.
    Jamás pensó en llegar a ser el buen vendedor de libros que es hoy, pero ya había vendido primero su alma a la poesía en las mañanas y por las noches al diablo en mil hechicerías como todo buen brujo de la palabra No hay, en verdad, poeta más enrazado y trabajador que él. Cuando una visión brilla en sus ojos y cuando se trata de poner las cosas en claro, lo que más le agrada es ver que las cosas caminen bien y derecho; no entra en vainas ni en alcahueterías. Él como Ángel Izquierdo, es otro auténtico poeta de armas tomar y de libros a vender.
    Eran los años 90 y el gordo Jorge Espinoza Sánchez seguía en sus andanzas, buscando más pleitos judiciales. Las malas lenguas y las buenas aseguraban que les escribía los libretos a los cómicos ambulantes del Parque Universitario y de la Plaza San Martín; pero ellos en el escenario no le hacían caso, la verdad es que ellos nunca le han hecho caso a nadie; porque su único y verdadero sueño era llegar un día a Trampolín a la Fama. No se vestía como un típico bolerista de los años 60, pero alguna vez fue el líder de la poesía erótica como alguna vez lo definieron. No se tiraba muchas canas al aire, pero se ganó dos años en la cana.
    Eran los años 90, y Mario Vargas Llosa perdía de modo calamitoso en las elecciones presidenciales por su pésima junta. (¡Qué perjudiciales son las malas compañías en estos casos) Y por sus asesores que no lo asesoraban ni le recomendaban un buen curso de relaciones humanas. Vargas Llosa ya tenía todo en los bolsillos, pero le hicieron la gran jugada: cuervos, alimañas y viejos lobos vestidos de cordero.
    Eran los años 90 y Carlos Alfonso, por aquellos días de vida oculta caminaba orondo y muy fresco por las calles de Lima. Entonces no había muchas flores pero se podía florear. No había muchas piletas, pero hay quienes se hacían la pila en cualquier parte.
    Eran los años 90, los maravillosos, los inolvidables, y Jorge Tafur, amigo, promotor cultural, editor, poeta, trotamundos, me llevó a conocer el Norte: Chimbote, Chiclayo, Trujillo, Piura, Catacaos, Sullana, Huanchaco. Yo que viajaba a duras penas de Lince a La Victoria, en la línea 9 y en la Cocharcas José Leal, esos omnibuses viejos, grandes y destartalados que se incendiaban en pleno viaje, en plena pista y a toda marcha. Yo que daba más vueltas que un pollo a la brasa o una silla voladora, alrededor de talleres de mecánica, playas de estacionamiento, grifos y restaurantes con José Luis Blancas, el poeta-músico y viejo compañero. Jorge Tafur se fue para siempre a París y yo a todo el Sur: ¡Cañete (San Vicente-Imperial), Chincha, Pisco, Ica, Nazca, Palpa, Marcona, Mollendo, Camaná, Arequipa, Moquegua, Tacna, Arica, Tarapacá!, ¡Qué bello y qué grande es el Sur! ¡Me encanta el Sur! ¡El Sur de América!
    Eran los años 90 y lo que más deseaba era seguir leyendo, y lo que más me hacía feliz era cantar y escribir, y pensaba y decía que lo que no se hace cuando se es joven no se vuelve hacer nunca más en la vida. Y les decía a mis amigos muy solemne, convencido y serio: “¡Hay que escribir como si fuese el último día que nos queda de vida!”. Y también: “¡Hay que escribir, porque si no servimos para escribir tampoco servimos para vivir!”. Así evitaremos el papelón que hacen todos aquellos que hablan de su último libro, cuando aún todavía no han escrito ni siquiera el primero. Pero, sin duda, la sentencia de mayor peso, ante la cual mis condiscípulos asentían espontáneamente, dándome palmadas, la razón, muestras de aprecio, y el más absoluto y desinteresado respaldo, era aquel ¿Si no escribimos nosotros, quién en la tierra se va a dedicar a hacer poemas?
    Teniendo en cuenta que los obreros no tienen tiempo. Que los obispos más se dedican a sus obispadas. Que los abogados dan incluso la vida entera por sus tinterilladas, que los profesores pasan muchos meses de vacaciones pagadas, y más aún cuando precisamente a mí me están saliendo los versos de película.

     

    El poeta Carlos Alfonso Rodríguez  Egresó de la Escuela de Periodismo de la Universidad San Martín de Porres. Ha publicado los poemarios: “El grito, poemas de mi generación”, 1994, Medellín, Colombia; y “Versos de película”, 2001, Lima, Perú. Actualmente radica en Medellín, Colombia.

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