Peggy Cummings la chica que inspiró “Bonnie and Clyde”

La transcendencia de Peggy Cummings en la historia del cine es sutil. Así, además de la imagen más recordada de El demonio de las armas (Joseph H. Lewis, 1950): la extraída de aquel plano que nos la muestra en su creación de Annie Laurie Starr, pistola en mano, enfurecida, mientras la sujeta Barton (John Dall), su amante y cómplice en aquel filme, para que no vuelva a liarse a tiros en un atraco, la pareja fue un claro precedente de Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967).
Fallecida recientemente en Londres, Peggy Cummings, en su creación de Annie Laurie Starr dio vida a la chica de una de las parejas de amantes fugitivos más recordadas de todo el cine negro y de la serie B. Ella era la mala en aquella ocasión, la chica loca por las pistolas, que al juntarse con un chico también enajenado por tan temible inquietud, lo aboca a inexorablemente a la senda del mal. En efecto, Arthur Penn tomó buena nota de aquella obra maestra.
Aunque nació en Denbighshire (Gales) en 1925, sus padres eran irlandeses y cursó sus primeros estudios en Londres. Hija de un profesor de música y de la actriz Margaret Tracy, no es de extrañar que Peggy debutase en las tablas con tan sólo 13 años. Nada hacía presagiar en su candor de entonces -al margen de sus dotes para la interpretación- que con el correr de los años habría de dar vida a una de las chicas más perversas de todo el cine negro. Sólo tenía 15 primaveras cuando, aún en el Reino Unido, coprotagonizó su primera película: Dr. O’Dowd (Herbert Manson, 1940). Viajó a Hollywood por primera vez para presentarse a un casting organizado por Darryl F. Zanuk en busca de la protagonista de Ambiciosa (Otto Preminger, 1947). Fue rechazada.
Ese mismo año integró el reparto de El mundo de George Apley, de Joseph L. Mankiewicz. Aquella fue su primera cinta americana notable. “No era suficientemente sexy para Hollywood”, solía recordar la actriz. Acaso fuera ese el motivo de que se le relegase a la serie B. Ya de vuelta a su país, protagonizó una de las grandes comedias de la Ealing: La lotería del amor (Charles Crichton, 1954).
Y volviendo a aquellas impagables cintas de bajo presupuesto en las que forjó su leyenda, además de la magistral El demonio de las armas, protagonizó La noche del demonio (1957), del gran Jacques Tourneur. Después, ya siempre en el Reino Unido, llegaron delicias como ¡A la orden, Almirante! (1957), del gran Val Guest. Dio por concluida su carrera en algunas telecomedias de mediados de los años 60.

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